La soltería

La soltería es no escuchar reclamos ajenos ni tener que brindar explicaciones. Quizás cada vez me cuesta más la convivencía. Esta situación comenzó a mis 3 años con la llegada de mi hermano Felipe. Desde ese momento toda la paz que tenia a mi al rededor se derrumbó, y comencé a escuchar en mi cotidianidad la palabra compartir (aunque no quieras hacerlo).

Actualmente soy insoportable compartiendo mis espacios personales con gente que quiero. Tengo problemas con la televisión prendida durante horas, con la gente que condimenta la ensalada en desorden, con los que tienen horarios para comer sin tener hambre, con los que mezclan lo dulce con lo salado en la misma mesa, con los que dicen palabras como veraneo, maniosa y mersa.

“Esa chica anda distraída” dijo mi abuela, al ver que su nieta mayor, con casi 30 años sigue soltera, sin saber que uno de mis propósitos más importantes es comprar ESA entrada para ir a un recital el mes que viene y que no tengo proyectos de casamientos, hijos o doctorados.

La soltería es dejar de escuchar sus argumentos sin sentido para convencerme de hacer o dejar de hacer algo según su conveniencia. Es colgar mis bombachas en la canilla sin que nadie me diga nada. Es hacer pis con la puerta abierta.

La soltería es llegar a casa y desplomarte sobre la cama después de una fiesta. Es salir a reuniones eternas sin fijarme ni pensar en mi celular. Es quedar como una loca con quien quiero, después de todo, para los amigos de tu novio o incluso para tu propia pareja, vos siempre vas a ser la demandante, la que rompe las pelotas, las que lo deja o no lo deja. Quizás le quisiste decir que te viene bárbaro que desaparezca 3 días, pero rápidamente tu pareja interpreta que hay algo detrás de eso, y que es preferible decir que no y mejor aún, decir que no porque le trae problemas. Otra vez escuchas que ellos murmuran. Esos 3 días de pesca vuelven 1 año después en una discusión, mientras el te lo reclama y vos ya te olvidaste que en realidad estaba todo bien, que en realidad solo querías depilarte en paz y ver series de minitas todo el fin de semana.

Querer estar de novia es un error hermoso, casi tan hermoso como creer en la centella asiática o en las cremas anticelulitis. Es casi tan hermoso como creer que una persona puede cambiar, o puede dejar de fumar de un día para el otro. Es creer que nadie te va a imponer nada, que todo se puede negociar. Justo yo, que me molesta hasta que me impongan un desayuno sin preguntarme que quiero, que me digan cuando lavar la ropa o decidan por mi que hacer con mis preciadas vacaciones.

Quizás el miedo más conocido que tengo es ser grande y estar repleta de gatos. Me imagino muerta, y al portero de mi edificio descubriendo mi cuerpo después de veinte días de encierro. Por suerte tengo amigos con los que hace años buscamos una serie de planes alternativos y arreglamos matrimonios conyugales si es que a los cincuenta años todavía seguimos libres.

Quizás el hecho de querer seguir en mi condición sea un problema, pero actualmente es la decisión más sabia que tomé en el último año. Se que afirmar mi estado como una decisión puede sonar polémico, porque siempre hay algún boludo que me dice que no elijo de quien enamorarme, pero lamento refutar esa teoría. Tomar decisiones hasta sobre el amor es la libertad más linda que encontré.